En distintas ciudades del país, desde grandes centros urbanos hasta localidades intermedias, comienza a observarse una manifestación juvenil que llama la atención en el espacio público: adolescentes que se reúnen en plazas y parques utilizando collares, máscaras, orejas o colas, y adoptan gestos y comportamientos asociados a animales, principalmente perros y lobos.
Se trata de jóvenes que se identifican como therians, una expresión identitaria en la que las personas se reconocen simbólicamente en animales reales. El fenómeno, que tuvo un fuerte crecimiento en redes sociales —especialmente en plataformas frecuentadas por adolescentes—, comenzó a replicarse en distintos puntos del país y, de manera incipiente, también empieza a hacerse visible en Comodoro Rivadavia.
En la ciudad ya circulan perfiles y publicaciones en redes donde pequeños grupos organizan encuentros para compartir estas prácticas, siguiendo una tendencia que en otras provincias se encuentra más consolidada. Incluso, algunos usuarios ofrecen a la venta los llamados “kits therian”, que incluyen máscaras, colas y otros accesorios.
Una lectura sin alarmismo
Para comprender qué hay detrás de este fenómeno, profesionales proponen una mirada que se aleja de interpretaciones alarmistas y pone el foco en los cambios culturales de época. “La primera reacción suele ser preguntarse qué les pasa a estos chicos y qué los lleva a esto, pero no puede leerse automáticamente como un problema de salud mental”, explicaron.
Desde esta perspectiva, el fenómeno es entendido como una expresión propia del tiempo actual. “Más que una moda aislada, es una marca de época, donde el empuje a ‘ser’ parece no tener límites”, señalaron. En las últimas décadas, las categorías tradicionales que organizaban la identidad —infancia, adolescencia, género, roles sociales— se flexibilizaron de manera notable.
Hoy, explican los especialistas, ya no existe una definición cerrada de lo humano asociada exclusivamente al cuerpo o a la biología. “Eso abre la posibilidad de identificarse de múltiples maneras, pero también instala una exigencia: la de ser reconocido por el otro en aquello que uno siente que es”.
No es un juego, tampoco una fantasía
Uno de los puntos centrales del análisis es diferenciar el fenómeno therian de actividades recreativas o artísticas. “No es un juego de rol, no es un disfraz ni una representación momentánea. Tampoco se trata de un delirio en el que crean ser literalmente animales”, aclararon.
Se trata, en cambio, de una identificación que se presenta como parte de la identidad personal. “No queda en el plano de la fantasía ni del teatro. Hay una expectativa de reconocimiento: que el otro valide esa forma de ser”.
Visibilidad y redes sociales
Otra característica clave del fenómeno es su exposición pública. “No sucede en lo privado. Ocurre en espacios abiertos, a la vista de todos. Hay una necesidad de mostrarse y ser reconocido”, explicaron los profesionales.
En este sentido, las redes sociales juegan un rol fundamental. “Hoy lo público y lo privado están completamente mezclados. Las redes permiten que estas prácticas circulen, se imiten y se conviertan rápidamente en tendencia”, señalaron. Este contexto facilita que formas de identificación que antes quedaban en lo íntimo hoy se expresen abiertamente.
Los especialistas también vinculan el fenómeno con transformaciones sociales más amplias, como el lugar que ocupan las mascotas en la vida cotidiana. “Vivimos en una época donde muchas personas tratan a los animales como hijos, donde el consumo destinado a mascotas crece constantemente. Todo eso forma parte del entramado simbólico que rodea a los adolescentes”, explicaron.
El caso de Comodoro y el rol de los adultos
En Comodoro Rivadavia, donde el fenómeno comienza a aparecer de forma incipiente, los profesionales advierten que no todos los jóvenes que se suman lo hacen por una convicción profunda. “En muchos casos, pesa la necesidad de pertenecer. Hoy, si no sos parte, quedás afuera, y las redes refuerzan mucho esa lógica”, señalaron.
Estas agrupaciones funcionan como lo que se denomina “comunidades de goce”: personas que se reúnen alrededor de una experiencia compartida, con códigos y reglas propias, aunque no siempre generan vínculos sociales duraderos como los que ofrecen instituciones tradicionales.
Finalmente, los especialistas dejaron una recomendación clara para madres, padres y adultos cercanos: priorizar el diálogo. “El castigo o la prohibición rara vez ayudan. Muchas veces, solo refuerzan esa identidad cuando se siente atacada”, advirtieron.
“Lo importante es poder escuchar, preguntar qué significa esto para ese chico en particular y tratar de comprender. No se trata de prohibir, sino de acompañar. Es una expresión de época, atravesada por la necesidad de pertenecer y ser reconocido”, concluyeron.
